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Incluso a muchos de los más acérrimos enemigos de la versión en pantalla de El Señor de los Anillos les cuesta no asumir algún acierto en estas películas. Suele hablarse de la fotografía, de las localizaciones, o del propio Anillo y es menos frecuente centrarse en otro de los aciertos de Peter Jackson: el haber contado con Christopher Lee.

Porque estamos ante un actor de una presencia aplastante, que devora al resto de intérpretes con su contención y su mirada, que supera incluso la narración quebradiza o el efectismo poco estético en el que le mete Peter Jackson (esa pelea de viejos, Peter, cuan mejorable era a pesar de la dificultad para trasponer en imágenes la lucha de voluntades entre Saruman y Gandalf).

De todas formas, hay que agradecer a PJ la recuperación de Christopher Lee, actor con más doscientas películas a sus espaldas, que llevaba tiempo injustamente constreñido en papeles de malo de opereta sobreactuada, y al que su dedicación alimenticia al cine de serie B había lastrado a la hora de recibir el reconocimiento que merece. Metido en películas de vampiros, de Fu Manchú, y de malas inspiraciones de Sherlock Holmes (algunas son buenas, ojo) Sir Christopher terminó encasillado y, reconozcámoslo, incluso un poco despreciado. Una situación nada justa.

Con las películas de SdA Christopher Lee volvió a tener presencia en la gran pantalla de alto presupuesto, a ser fundamental incluso dentro de su papel secundario. Pensemos ¿se hubiera podido cambiar a mitad de la película y puesto en su lugar otro actor? No lo creo, así que su “secundismo” es muy relativo. Pero lo esencial es que su trabajo aporta solidez al personaje, sublima tensión y maldad. Es, a fin de cuentas, convincente.

Para quien escribe, resulta impresionante la escena en la cual Saruman se encuentra sentado, como encogido, con los brazos juntos, encorvado. La escena dura unos segundos, y por un instante, adivinamos, ¡vemos! La angustia de la duda: sí, la decisión está tomada, sí, hay que colaborar con Sauron, que es invencible, pero hay que hacerlo con el cuidado sutil de seguir buscando el Anillo, a sus espaldas, para poder reclamarlo, destruirle y obtener el poder definitivo. Pero… Claro, para ello hay que traicionarlo todo, a todos. Aparece entonces esa angustia, esa horrible duda. Un par de segundos y la vacilación pasa como una sombra, la mirada de Christopher Lee se endurece de nuevo: hay trabajo que hacer.

Aviso a navegantes. A todos aquellos que han temido y temen que las caracterizaciones de personajes anulen las imágenes personales que crearon en sus mentes de niños, en tiempos muy anteriores a las películas, cuando la fuente de la imaginación eran los libros y cada recreación imaginaria algo único e irrepetible, a todas esas personas, digo, hay que darles la razón en este caso. El peligro existe; puedes librarte de un Frodo con la cara de un actor concreto, incluso de un Trancos o un Gandalf, pero una vez lo has visto en escena, es casi imposible librarse de la recreación que de Saruman hace Christopher Lee.

En definitiva, gracias por tan buen trabajo Sr. Lee. DEP.

Nos vemos en Nûmenor.

S.

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